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LA RUSA

Fibroso, nervioso, simpático, alegre, adicto, incansable, incombustible, embaucador, encantador, presumido, hortera, odiaba el olor a colonia y a desodorante, se depilaba las axilas y el pubis, le gustaba el olor de su propio sudor, siempre las mismas botas, siempre con un chupito de menos para hacerse con un chupito de más, estratega, listo –muy listo–, ágil como una rata, fumador de calada profunda, follador romántico –«sé lo que ellas necesitan y lo que ellos quieren»–, sin apego, preso de su propia sonrisa forzada, embustero perdonable, de boca entreabierta para no dejar de respirar vida, constructor incansable de su propia leyenda, escritor sin texto, captador de imágenes con un simple parpadeo, espectador de detalles, serpiente de bar del lavabo a la barra con giro en la mesa de billar, amigo de camareros, porteros y gorilas, enemigo de la vieja lotera, muy amigo de sus enemigos, amante supersticioso del 4 y el 16, nacido un martes 13 en la entrada de un salón recreativo ruso.

Un taxi sin pasaje y con las luces apagadas se detuvo frente a mí en Las Ramblas de Barcelona a la altura de la Plaza Real. Eran las 4 de la madrugada.

EL RUSO: «¿Adónde quieres ir?»

 

LA RUSA. El Observatorio