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LA DELGADA LÍNEA DEL HORIZONTE

Se levantó del sofá. Maggie —su mujer— y sus dos hijos le acompañaron con la mirada y permaneció rígido frente al televisor durante un par de minutos. Si el volumen del aparato no hubiese estado tan alto su familia le habría oído susurrar:

-¿Loco?

Maggie se inquietó al ver que Thomas no se movía de ahí y que no cesaba de balbucear algo que ella era incapaz de entender.

-¿Qué haces, Thomas?

Thomas reaccionó al oír su nombre y, como movido por impulsos, caminó hacia el porche, atravesó el jardín y avanzó hasta el garaje donde estaba aparcado el Torino Cupe —si se hubiese girado en ese momento habría visto a Maggie y a los niños observarle desde la puerta de casa—. Thomas entró en el coche, lo arrancó y salió de la finca en dirección a la carretera comarcal.

Maggie y los niños cruzaron el jardín. Parecían hipnotizados.

Del interior de la casa llegaron las voces de la película de la noche. La voz aguda de la protagonista gritó:

-He perdido a Jack.

Una voz masculina contestó:

-Acaba de salir por la puerta.

Fundido a negro en el jardín.

Los faros del Torino alumbraron los recodos del trayecto. Carretera de la costa N-86. La brisa húmeda del exterior arrastró hasta allí el sonido del romper de las olas en el acantilado. Thomas no cesó de mirar la línea discontinua de la carretera. Condujo  tranquilo. A la derecha una señal de curva peligrosa. A la izquierda un ramo de flores secas atadas al poste con una cinta rosa descolorida. Los faros del coche iluminaron el pequeño decorado durante un instante. Thomas cogió la curva y se desvió por el caminito de tierra que conducía hasta la playa.

Maggie, todavía de pie en medio del jardín, ordenó a sus hijos que entraran en casa.

Del televisor llegaron las voces de otra secuencia de la película.

-Dile a Jack que le necesito.

En Playa San Juan el coche de Thomas estaba parado en la arena y con la puerta del lado del conductor abierta. Los faros delanteros encendidos formaban una ráfaga de luz que iluminaba el camino hasta el agua. Thomas se alejó del coche siguiendo esa luz. Descalzo. Los zapatos, unos metros más atrás, tirados sobre la arena. Thomas caminó y levantó al andar una etérea nube de polvo. De manera inconsciente, y era la primera y la última vez que lo hacía, arrastró un poco un pié.

Otro fundido a negro.

Thomas llegó. Su paso se hundió en el agua. Las olas fuertes hicieron tambalear su equilibrio, todavía más. Con la mirada al frente se lanzó de cabeza y se alejó nadando hacia el infinito. Destino el horizonte.

Maggie seguía de pie en el jardín. Quieta.

Del interior de la casa volvió el sonido ensordecedor del televisor. Sirenas de coches de policía se acercaron a la escena del crimen. La voz de la protagonista gritó desconsolada:

-Jack. Jack.

Una voz masculina, supuestamente un policía, preguntó:

-Señora ¿sabe usted si su marido tenía algún enemigo?

 

LA DELGADA LÍNEA DEL HORIZONTE. El Observatorio