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UNA IMAGEN DE MIL PALABRAS

UNA IMAGEN DE MIL PALABRAS

En la imagen una mujer de unos 40 años corre por la ancha avenida de una ciudad. Digo CORRE por el particular impulso que aparenta tener su cuerpo y la inclinación de su pelo; su media melena morena se eleva en bloque hacia un mismo lateral. Sus piernas y pies no están a la vista; el limite inferior de la imagen recorta su cuerpo a la altura de la cadera. Por detrás de la mujer el suelo de la avenida está mojado. Una serie de charcos reflejan como espejos las fachadas de edificios y zonas del cielo que no vemos.

Si centro la atención en la mujer morena que corre, automáticamente se convierte en el elemento principal de la imagen, pero si mi mirada no se detiene, desplazo más allá mis ojos y los detengo en otro detalle y luego en otro rincón, el protagonismo principal se desplaza hasta allí. Por detrás de la mujer, y a la altura de un semáforo, la avenida se encuentra con una calle mucho más estrecha formando un cruce. En una de las esquinas del cruce hay un bar. Un hombre viejo asoma su cabeza por la puerta atento a la fuga de la calle más pequeña. Unos metros más allá, en la misma acera, un cartel informativo anuncia con iconos universales las direcciones en las que se encuentran: una farmacia, un museo de arte y una escuela.

Cruzando la avenida y siguiendo con la mirada la calle estrecha hacia la derecha están los portales con los números 41 y 43. Junto a ellos se levanta un muro de ladrillos que se prolonga hasta la esquina, donde se ve interrumpido por la persiana bajada de un almacén: una persiana abollada por la parte superior y fuera de su guía. En la parte inferior, donde la persiana descansa en el suelo, los trozos de papel que ha acumulado el paso del tiempo han formado una especie de pasta pegada a la acera.

En la zona inferior de la imagen, y en primer término, asoma la mata de pelo rubio de un hombre de raza blanca. La mujer morena que corre por la acera se dirige hacia él. Y digo HACIA ÉL porque los ojos de la mujer clavan su mirada en la otra cara, y su cuerpo —el de la mujer—, avanza en esa misma dirección. La mujer presenta en su rostro un gesto indescifrable: parece estar a punto de cambiar de expresión, sin embargo, no es posible aventurar si lo hará para reír, para llorar, o para gritar.

Unos metros más allá del bar tres siluetas corren y se resguardan de la lluvia cubriendo sus cabezas con un bolso y dos chaquetas: dos de las siluetas corresponden a dos hombres y la tercera a una mujer. Aunque aparentemente tienen la misma edad, no parecen formar parte del mismo grupo porque sus miradas y sus cuerpos están orientados hacia distintas direcciones de la avenida.

Si regresamos al primer término vemos un coche oscuro goteado de lluvia cerca del cruce y enfrente del bar. El parabrisas delantero del vehículo está empapado y unas marcas de agua, todavía húmedas, han formado unos arcos de suciedad por la zona sobre la que el limpiaparabrisas pasa sobre el cristal. El coche está parado a pocos metros de un semáforo, presumiblemente en rojo. Y digo ROJO porque aunque la imagen está en blanco y negro la luz que aparece con más brillo es la superior.  Y digo PARADO porque el conductor del vehículo asoma la cabeza por fuera de la ventanilla y gesticula algo, con ambas manos, al viejo que asoma por la puerta del bar. Por detrás del coche oscuro, otro coche más y su correspondiente silueta —perteneciente a un sexo sin determinar—, que ocupa el asiento del conductor. Los reflejos de las ventanillas no permiten ver más allá de un perfil poco definido que mira hacia la ventana que está dos pisos por encima de la persiana bajada del almacén.

En el centro de la imagen, y coincidiendo con la fuga de la avenida principal, unos árboles se disponen en fila a lo largo de la acera derecha. Unas siluetas negras de hombres y mujeres corren distribuyéndose a lo largo de la calle abarrotada de carteles y establecimientos comerciales cerrados.

Dos pisos por encima de la persiana bajada del almacén una cortina, inclinada en la misma dirección que la melena morena de la mujer que está en la acera, asoma por una ventana abierta de par en par. Es la única ventana abierta en toda la imagen. Presumiblemente el viento balancea la tela de la cortina de acá para allá. Detrás de la ventana vemos una habitación de paredes floreadas y una mujer. La mujer, que también es morena y también presenta una expresión indescifrable en su rostro, se dirige hacia la ventana abierta. Y digo que se DIRIGE por la extraña inclinación de su cuerpo y porque su melena morena se eleva en bloque hacia un mismo lateral. No vemos sus pies —el limite de la ventana recorta su cuerpo a la altura de la cadera.

Por encima de la avenida y de los tejados y terrazas de los edificios el cielo es de un gris plomizo. Las nubes compactas lo unifican todo confiriéndole a toda la extensión un único tono.

A punto de esconderse por detrás del edificio más alto, dos aviones militares se recortan contra el cielo. Por debajo de ellos, y a distintas distancias del suelo, tres proyectiles negros suspendidos en el aire se distribuyen a lo largo de la avenida principal.

De nuevo en el suelo un perro esquelético bebe agua de un charco en plena calzada. Su lengua remueve el líquido  acumulado sobre el asfalto. Y digo REMUEVE porque la superficie uniforme del charco está distorsionada y una sucesión de ondas acuosas rompen el reflejo del cielo de la ciudad como un espejo roto.

UNA IMAGEN DE MIL PALABRAS. El Observatorio