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LA GOTA QUE DISPARÓ LA BALA

La enfermera abandonó la habitación 707 acompañada del doctor y de la hija del muerto, Carolina. La muerte del paciente se hizo oficial unas horas antes, en plena noche —su agonía fue el coletazo final de años de falta de oxigeno, insomnio y pastillas—. Su hija salió al pasillo, se abrochó tranquilamente el abrigo y dejó de llorar. Carolina y la enfermera se dieron la mano —la enfermera intentó besarla pero aquella se apartó y le extendió el brazo—. Gracias por todo. El doctor apoyó su mano sobre el hombro de Carolina y caminó a su lado hasta el ascensor. Ella fijó su mirada en los números que se iluminaban en la pared y contó los segundos que tardaba el ascensor en desplazarse de un piso a otro. Empezó la cuenta atrás: 15, 14, 13… El doctor la observaba.

Carolina ya había contado hacia atrás la noche que Jack se largó.  Jack W. K., el marine americano que se convirtió en su marido, se marchó de casa el día que ella cumplió los 50 —Jack había entrado en su vida siete años atrás con un petate y una pistola, y salió con una muda en la maleta y el transistor pegado a la oreja para no perderse el partido—. Pero gracias Jack por dejarle el revólver como recuerdo: ese objeto era muy americano y, a ella, todo lo americano le hacía perder la cabeza. Esa noche Carolina contó hacia atrás porque pensó que cuando llegara a «cero» Jack abriría de nuevo la puerta: pero dijo «cero» y no pasó nada. No se oyó nada salvo los ruidos provenientes del otro lado de la pared, de la única habitación con ventana, donde su padre dormía abrazado a la máquina de respiración asistida. Entonces Carolina se tapó las orejas con la sábana, porque si entre los ruidos que escuchaba no estaban los de los pasos de Jack, prefería el silencio.

En el hospital el doctor y Carolina esperaban el ascensor en el rellano del séptimo, pero este se detuvo en el noveno y permaneció ahí durante un rato. Una enfermera cruzó el pasillo con un informe médico bajo el brazo; el doctor se apartó unos metros y firmó los papeles que ella le mostró; doctor y enfermera se miraron y una chispa de lujuriosa complicidad brilló en los ojos de ambos. Carolina se percató del gesto y se llevó su mano izquierda hasta su pierna izquierda para aliviar con un leve masaje la circulación de sus varices. Fue inútil. El ascensor descendió del noveno al séptimo. Directo. Antes de que las puertas se abrieran unas ridículas campanillas electrónicas anunciaron lo que iba a pasar. Entonces el doctor puso su mano sobre el hombro de Carolina por segunda vez. Mientras lo hacía, Carolina intentó que los ojos del doctor brillaran con lujuriosa complicidad, pero eso nunca ocurrió. Gracias. El doctor giró sobre sí mismo y se alejó. Carolina giró sobre sí misma y entró en el ascensor. Las puertas se cerraron y los números se iluminaron. Carolina disfrutó del descenso; 6, 5, 4…, apretó con fuerza un botón de su abrigo y se empezó a reír, aunque nunca supo por qué lo hizo.

Después de tantos días en la 707 salir al ruido de la calle resultó agradable como el silencio. El aire era fresco. Qué frío era también ese invierno. Carolina  tembló en el interior de su abrigo y caminó calle abajo; un hombre con gabardina lo hacía en sentido contrario por su misma acera. Antes de que sus caminos se cruzaran, se miraron. Sus respectivos pasos se acercaron y cuando se encontraron el hombre le rozó el brazo. Fue accidental, y en el momento del roce Carolina percibió cómo el sonido del mundo enmudecía y cómo todo se movía a una velocidad mucho más lenta. Carolina buscó en los ojos de ese tipo un brillo de complicidad pero entonces él dejó de mirarla y se alejó. Hijo de perra. Carolina se desabrochó los botones del abrigo, T R A N Q U I L A M E N T E. De su bolsillo interior derecho sacó la pistola con la que Jack llegó a casa siete años atrás, apuntó con ella al de la gabardina y disparó. Todo el mundo corría hasta que la calle se despejó. El tipo cayó al suelo y Carolina giró sobre sí misma —nunca supo por qué giró—. Y el giro fue T A N y T A N lento que cuando la mujer completó la vuelta entera los coches de policía ya habían tomado posiciones.

Ahora hacía más frío. Carolina dejó caer el arma y se abrochó de nuevo el abrigo. El silencio de la calle siguió congelado un par de minutos más después de que los agentes controlaran la zona.

Carolina gritó: «¡Yo no disparé! Cero.»

La gota que disparó la bala. (El Observatorio)