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LOS ICONOCLASTAS

Hombre y Mujer se abrazan en el suelo de una habitación. Todo parece indicar que disfrutan de los preliminares antes de hacer el amor. La ansiedad de sus caricias delata que hace tiempo que no se tocan. Ella suspira y su aliento roza la barbilla del hombre, acariciándola. La mano de él se desplaza a lo largo del vestido de la mujer mientras le susurra al oído que la desea y que ella es lo único que necesita en esta vida.

LA AUTORA:  Un momento. Deteneos un momento, por favor. Hombre ¿acabas de susurrarle al oído que ella es lo único que necesitas en esta vida? ¿Estás seguro de lo que dices?

MUJER: ¿Qué es lo que pasa?

HOMBRE: ¿Quien eres? ¿Qué ocurre?

MUJER: ¿Quien habla?

LA AUTORA: Tranquilos. Soy yo, la autora, la que os inventa y la que escribe esto.

HOMBRE: ¿Qué estás diciendo?

MUJER: Nosotros no necesitamos que nos invente nadie. Somos libres; nos inventamos solos.

HOMBRE: Nosotros inventamos nuestro amor.

MUJER: ¿Acaso te crees Dios?

LA AUTORA: Para vosotros, lo soy.

HOMBRE: Déjanos en paz. Eres ridícula. Tus lectores se reirán de ti.

LA AUTORA: Tranquilizaos. Creéis tener las cosas muy claras, ¿verdad? Hombre ¿acaso no sabes que puedo hacer que la mujer salga enfadada de la estancia y se aleje de ti para siempre?

HOMBRE: ¡Por favor! Autora-como-te-llames, tú sabes que no solo harías el ridículo sino que demostrarías que sustentas tus palabras sobre una base absurda, llena de prepotencia y orgullo, y de un sinsentido abominable y malvado de la realidad. Así que, tú misma, si quieres ponerte en evidencia.

LA AUTORA: No os pongáis en evidencia vosotros, seres tipográficos. Sin mis palabras no sois nada. Y sin mis letras, esta habitación desaparecería para convertirse de nuevo en un espacio vacío de color blanco, o gris o rojo o verde, como había sido al principio.

HOMBRE: Mujer, ¿adónde vas?

MUJER: Voy a abrir la ventana, necesito aire.

La mujer se incorpora del suelo y, olvidando recomponerse el vestido, se dirige hacia la ventana más grande de la habitación.

MUJER: Hombre, no puedo.

HOMBRE: ¿No puedes qué?

MUJER: No puedo abrir. Ayúdame.

El hombre también se incorpora y se acerca a la ventana.

HOMBRE: Déjame a mí.

MUJER: Está muy fuerte. Se nota una cierta resistencia.

HOMBRE: No entiendo, es cómo si alguien hubiera cerrado por fuera.

LA AUTORA: ¿Tenéis problemas? ¿Me necesitáis?

MUJER: Déjanos en paz.

HOMBRE: ¿Qué quieres de nosotros?

LA AUTORA: Quiero que reconozcáis que me necesitáis; los lectores ya no me quieren. Es tan poco lo que os pido…

MUJER: Si como dices, tú nos inventas, es fácil; oblíganos.

HOMBRE: Te importaría abrirnos la ventana, autora.

Un golpe de aire choca contra el cristal y abre la ventana de par en par, luego cruza la estancia y lo remueve todo.

LA AUTORA: ¿Qué pensáis decir ahora?

MUJER: Solo ha sido un golpe de aire.

LA AUTORA: ¿Estás segura, mujer? Por cierto, ¿cómo te llamas?

MUJER: Mujer.

LA AUTORA: Cierto, olvidé poneros nombre. Déjame que piense…

HOMBRE: Déjanos en paz.

LA AUTORA: ¿Estáis seguros de que eso es lo que queréis?

La mujer se agacha, se acurruca en el suelo y llora.

HOMBRE: ¿Por qué lloras?

La mujer se incorpora de nuevo, dirige su mirada al cielo y alza su voz a la desconocida invisible.

MUJER: Déjanos en paz.

HOMBRE: Vete.

La mujer corre hacia el hombre y le abraza. Pero en seguida ella se aparta con asco y empieza a vomitar.

MUJER: Eres vomitivo. Hueles fatal.

HOMBRE: Mujer pero, ¿qué dices?

MUJER: Tu cuerpo apesta.

HOMBRE: Mi vida, no sabes lo que dices.

MUJER: Hueles a muerto.

LA AUTORA: Disculpad que me ría pero todo esto resulta patético. He creado dos criaturas encantadoras.

HOMBRE: Está bien, hija de perra, dinos de qué sirve todo esto.

LA AUTORA: Simplemente me divierto.

HOMBRE: Y cuando acabe la diversión qué, no te das cuenta de que tú también nos necesitas. Sin nosotros no eres nada.

LA AUTORA: ¿Serías capaz de repetir eso?

HOMBRE: Sin nosotros no eres nada.

En ese momento otro soplo de aire helado entra por la ventana. Tras él, un buitre negro entra desplegando sus alas y planea cerca de la cabeza del hombre. Con las alas, roza su pelo.

HOMBRE: ¡Perra!

LA AUTORA: Recuérdame que te enseñe a pronunciar palabras nuevas.

De repente el hombre coge la mano de la mujer y, sin mediar palabra, la arrastra hacia la ventana.

HOMBRE: Salta.

MUJER: ¿Cómo?

HOMBRE: ¡Salta!

MUJER: Estás loco.

HOMBRE: Solo es un piso, no pasará nada. Todo es preferible a esta celda. Mira, en la calle hay gente, alguien nos ayudará.

MUJER: ¿Estás seguro?

HOMBRE: ¡Salta, por dios!

LA AUTORA: ¿Me llamabais?

Hombre y mujer se tiran por la ventana; los coches se detienen; los peatones forman un corro a su alrededor. Desde la ventana vemos como la mujer le acerca su mano al hombre para ayudarle a incorporarse; parece que este ha caído mal y se ha torcido un pie. Cuando empiece a andar, cojeará.

LA AUTORA: Oh! Lo siento.

MUJER: ¡Vamos!

HOMBRE: Que alguien nos ayude, por favor.

La gente a su alrededor les mira pero nadie se les acerca, excepto un hombre con un largo abrigo gris, quien les acompaña hasta el callejón que hay unos metros más al fondo.

HOMBRE DE GRIS: Seguidme. Por aquí.

Los tres personajes se alejan calle abajo. Antes de adentrarse en el callejón me ha parecido ver a la mujer dirigirme una última mirada. Una leve sonrisa se ha dibujado en sus labios antes de que los tres desaparecieran detrás de una tapia.

Los peatones de la avenida vuelven a su rutina hasta que de repente toda la luz de la ciudad se apaga. Pero antes de que todo se convierta en negro alguien escribe sobre el asfalto:

«No continuará».